El grifo (1891); de Victor Hugo


El grifo

El cristianismo

Y sobre mi cabeza observé un punto negro,
y el punto parecía una mosca en la sombra.
Volé allá.

La agria noche moría, y su penumbra
velaba aún la luz que nacía en los cielos.

Y aquella mosca era un monstruoso grifo
que con su enorme ala sacudía la sombra.

Y el grifo gritó:

*

¡Duerma el águila de abajo!
Yo velo. Dios más alto que el águila me alzó.
Vienes de Sinaí, yo del Gólgota vengo;
el rayo llena, águila, tus ojos visionarios,
mas yo he visto el cadalso que es más grande que el trueno.
Cuando el verdugo alzaba la cruz, yo estaba encima;
temblé en el árbol donde clavaron a Jesús;
yo vi aquella agonía solemne y sin medida;
Marcos para escribirla quitó a mi ala una pluma;
pude ver a Jesús sangrar y adormecerse;
lo sé todo; estoy lleno de su último aliento.
Esparzo su palabra en el soplo del cierzo.
Cristo sabe más, águila, que Moisés, pues Moisés
tiene sólo los rayos; Cristo tiene los clavos.
¡No, Dios no es vengador! ¡No, Dios no es el celoso!
No, Dios no duerme nunca, él sostiene la bóveda.
No, el hombre no muere del todo.

Escucha, águila:

*

Una vez hecho el mundo, Dios comprendió que aquello
no era nada, pues nada afirmaba: ¡Aquí estoy!,
pues nada allí pensaba ni hablaba, de tal suerte
que la creación estaba al nacer muerta ya.
Quiso pues lo increado engendrar lo inmortal.
Hizo el alma, y la puso en el hombre, su altar.
Sólo él recibió el alma en todo el universo.
Dios creó para Adán ese supremo colmo.
Por debajo del hombre, alma, intelecto, espíritu,
la materia rodó en la piedra, brotó
en la planta y aulló en la bestia, sin vida.
Adán, al ver que él solo tenía alma, se infló,
quiso tener la ciencia y fue a robar el fruto.
Por eso arrojó Dios a la noche a los hombres.

Y a partir de aquel día, la urna amarga está llena.
Cada hombre está agobiado por la culpa de Adán.
La labor es ingrata y el surco despiadado;
el hombre nace triste, inexorable, impuro;
por alumbrar el mal se rasga el vientre de Eva.
La guerra y el cadalso, dos filos de la espada,
siegan al ignorante, al inocente, al débil;
el fratricida horrible, creyendo ausente al padre,
da terror a los cielos que le ven beber sangre;
¡oh desgracia, en las selvas de la humanidad negra,
un eterno Caín mata por siempre a Abel!

El hombre adora a Bel, Moloch, Dagón, Teutates;
y sobre el crimen rey llamean dioses monstruos.
Los vicios, vil jauría, ladran en torno al alma.
La humanidad entera tañe como espadaña.
Por doquier horror, risa, estertores, terror.
Y toda boca es úlcera, toda cúspide cráter.
Tal monstruoso ruido sale del mundo entero,
que la noche, esa viuda de luto, dice al día:
¿Es el tigre que habla o es el hombre que ruge?
Satanás vuela en tomo como un ave de presa
del alma. El sufrimiento terrible es su alegría.

Llenos de fuegos, llantos, tormentos delirantes,
y de bustos vivientes torciéndose en las llamas,
llenos de gritos bajo el bronce de la bóveda
que sólo la sordera de lo imposible escucha,
cúpula del abismo cuyos pendientes son
espantosos derrumbes de seres quejumbrosos,
celda sin luz, sin fondo, sin esperanza, hundida
bajo los vivos, cúmulo de vanidad que rueda;
bajo aquellos que pasan por la vida y el ruido;
bajo el que piensa, preso del sueño que construye;
bajo el guerrero armado y la mujer desnuda;
bajo las vastas fiestas que cantan por las nubes;
bajo cuanto se enciende como cuanto se apaga;
bajo la marcha humana, orgullo, ciencia, instinto;
bajo todo ser que ande, titubee o tropiece
acecha, vasta trampa, el sempiterno infierno.

Negro surco compuesto de los más viles cienos
que espíritu recibe y devuelve demonios,
que produce cosechas de espectros y gavillas
de monstruos llameantes, lúgubres y soberbios,
que cría cuanto mata y engendra cuanto miente,
y se estremece, envuelto en largo escalofrío,
cada vez que oye el grito atroz de la caída,
cada vez que en su noche desciende, enjambre en lucha,
un triste torbellino donde el alma reluce,
y ve encima de sí, oscura y silenciosa,
abrirse la gran mano del sembrador siniestro.

*

Pero ahí está, divino signo, el libro de vida;
el hombre es alma; lleva en sí un rayo de luz
y sólo la materia es la condenación.
Dios piensa, y el dolor despacio le desarma.
Dios se llama perdón; se llama el hombre lágrima;
Dios creó la piedad cuando el hombre nació.

Delante de los actos del hombre desdichado
muchas veces se indigna la pureza celeste;
el astro de ojo de águila y el ángel como un cisne
se asombran de esa sombra y de tanta negrura;
viendo al hombre bribón, implacable, opresor,
Dios está triste, y cuando, en la noche, la ira
surge, rostro sombrío que ilumina el relámpago,
recordando al Señor lo que el hombre le debe,
pronta a maldecir, él pone en su boca un dedo.
El dedo misterioso y dulce es la clemencia.

El perdón en voz baja dice al hombre: ¡Otra vez!
Vuelve a ser puro. Toma a tu fuente. Probemos.
Ven al crisol. Tu Dios te ofrece entre la luz,
para rehacer tu alma enturbiada y deforme,
el féretro, esa cuna del nacimiento enorme.

La clemencia es el fondo de Dios. Dios bebe hiel.
No venga Dios a Dios ante el azul del cielo.
No regurgita encima del hombre. Compasivo,
tierno, expulsa a patadas al mal, ese canalla.
Dios, que el hombre culpable llamaba, se ha asomado,
y viendo al universo sangrante, muerto, seco,
y pensando, severo sólo para sí mismo,
que a salvar sólo un mundo basta sólo un calvario,
ha dicho: ¡Ve, hijo mío! Y ese hijo ha venido.

¡Redención! ¡Oh misterio! ¡Oh gran Cristo estrellado!
Sed del crucificado que sacia la amargura.
Sudario cuyos pliegues, todos, chorrean vida.
Cadalso que bendice a Barrabás y a Judas,
que a chorros vierte savia y esperanza hacia abajo,
cruz, a todos los ánimos; árbol, a toda planta;
sublime abrazo de unas manos ensangrentadas.
Jesús de ojos agónicos cuya eternidad luce.
¡Oh perdón! ¡Oh piedad de lo azul por la noche!
Paz celeste que sale de todas las clemencias.
¡Oh monte misterioso de inmensos olivares!
Después del creador, se mostró el salvador.
El salvador veló por todo ojo humano,
lloró por todo llanto, sangró por toda herida.
Las rutas de los vivos, ¡ay!, son poco seguras,
mas Cristo, en la picota de la fatal confluencia,
alza un brazo a la noche y el otro lo alza al día.
Después de él, los apóstoles, cabezas llameantes,
llegaron; y los santos; despedazados mártires,
vírgenes que a Jesús loan en la carreta,
encintas que alzan cantos mientras que los verdugos,
les arrancan, terríficos, sus niños de sus vientres,
y padres de los bosques, doctores de los antros,
y voces del desierto y del claustro, que gritan
en su noche glacial al hombre: ¡Oriente! ¡Oriente!

*

Vosotras lo buscasteis sin hallarlo, sibilas,
a ese Dios misterioso de los cielos inmóviles.
Hijas de las visiones: tú, debajo de un puente,
manto; tú, espiando el huevo que puso la lechuza,
Albunea, y prendiendo una antorcha de cera;
tú, la de Frigia, sobresalto de Ancyra,
hablando al astro y, pálida, espiando su respuesta;
tú la de Imbrasia, tú la del Helesponto
que se alza como diosa y vuelve a caer hiena;
tú, Triburtina, y tú, la ronca Libia,
gritando: ¡Trece!, hallando la ley de los impares;
tú cuyos ojos fijos inquietaban a Vésper,
larva de Endor; y tú, dientes blancos de espuma,
pechos desnudos, loca tremebunda de Cumas;
tú, la caldea, hilando un invisible hilo;
Sérdica, ojo de cabra, de trágico perfil;
tú, enjuta y desnuda bajo el sol, Eritrea,
penetrada de azul y de luz y de horror;
tú, Pérsica, que habitas un sepulcro deshecho,
oh rostro a quien hablaban de noche los viandantes
y los descabellados que fisgan en la sombra;
tú, la que come berros en su fuente sombría,
Délfica; almas ásperas, todas, por más que aullasteis,
golpeasteis al viento, removisteis la tumba,
mirasteis fieramente en las honduras negras,
ninguna de vosotras vio nítido en su gloria
el gran Dios del perdón sobre la tierra alzado.
Santa Teresa, con un suspiro, lo encontró.

*

El perdón es más grande que Caín, y lo cubre.
La clemencia de Dios por todas partes se abre,
y es la única celada en que siempre se cae.
La lengua de los mudos, la oreja de los sordos
es el perdón. La gracia cubre a quien se abandona.
Es lo que falta a todos y que a todos Dios da.
Padre, sonríe al hijo que le muestra los puños.
Dios si no perdonara sería el castigado.
Su cielo es la mirada clemente. Cada gracia
que a cada instante hace, vuela, nunca cansada,
se dispersa a lo lejos entre todos los mundos
y, del débil al malo, del feroz al perverso,
vaga, como una abeja de oro, libando almas,
y regresa, mezclando bálsamo, incienso, díctamo,
trayendo los perfumes que dan almas malditas
y con miel perdón llena el panal paraíso.

¡Clemencia! ¡Voz formada de todas las estrellas!
¡Dios! ¡Cielo para todos, puerto de toda vela!
Jamás, bruma o tormenta, y haya el viento que haya,
se clausura el asilo mientras el hombre viva;
todo labio se acoge en el celeste cáliz;
sangra el salvador; todos pueden beber su sangre;
por siniestro que sea el hombre que se acaba,
a la hora de la muerte un grito arrepentido,
una voz de la fe que recrea la tumba,
una mirada tierna hacia el fulgor sagrado,
hacia lo que insultábamos y lo que denigrábamos.
Un sollozo, o incluso un suspiro, un pesar
del alma que detesta su mancha originaria,
basta para que escape a la condena eterna,
al infierno que, viendo lo que los hombres hacen,
tuerce grillos sin fin en las simas sin fondo.
Esquife, seas quien seas, pon tu proa hacia Dios.
El castigo sin término ni esperanza encarcela
en las eternidades más pesadas que montes,
tan sólo a los que son o se hacen demonios.
La pena sólo cae inmutable y tardía
con el último grito horrible y reincidente.
En la eternidad lúgubre, Caligula y Acab,
Borgia que fue entre todos quien estrelló la tiara,
Timur, Nerón, Felipe Segundo, Luis Onceno,
Falaris en sus tronos están en la picota.
¿Por qué? Porque dijeron ¡No! en el gran momento,
porque su alma salió bajo forma de vómito.

Basta al hombre llorar para hallar a su padre.
La desgracia le dice: ¡Cree! La muerte: ¡Espera!
Si se arrepiente tiene la llave de su suerte.
Dios le trueca, después del pesar y el dolor,
flores del paraíso por astros del edén.
Eva, a tu desnudez da María sus velos;
con su espada de fuego readmite a Adán el ángel;
llega el alma cargando la cruz de Jesucristo;
junto a él el eterno va a sentar lo inmortal.
La santidad del alma humana, águila, es tal,
que en fondo del cielo donde la luz sonríe,
donde el Padre y el Hijo se unen en el Espíritu,
parece que lo azul igualara y fundiera
Jesús, alma del hombre, y Dios, alma del mundo.

*

Y, cara al firmamento, no mirando ya nada,
como ebrio de fulgores, el monstruo de los aires,
león por crin y garras y por el ala ave,
cantó:

¡Paz, vida y gloria a la bóveda eterna!
¡Él es el verdadero! Él vive. Está presente.
Gomo él es lo invisible, él es lo deslumbrante.
Creó con la palabra la cosa y el misterio,
cuanto puede nombrarse, cuanto debe callarse.
Cuando se muere el justo, él le cierra los ojos;
almas alegres llenan el jardín de lo azul;
entran a cualquier hora y por todas las puertas;
Dios disuelve los goznes de las ciudades fuertes;
sus dedos distraídos retuercen el relámpago;
para él la gran serpiente es un pelo en el mar.
Él es el gran poeta; él es el gran profeta.
Él es la base, él es el centro, él es la cúspide;
él es aquel que piensa, él es aquel que ve;
conoce el porvenir que toca a cada uno,
el Edén sol, las fúnebres cámaras del abismo.
Los que marchan sin él van hacia las tinieblas.
Él ordena a la noche que envuelva en sí al día.
Pone a la muerte, arquero, en la almena del muro,
y los cedros del Líbano, cual viejos sacerdotes,
hablan de él en voz baja; ante él se inclinan todas
las sombras de los seres de mañana y de tarde.
A los pies de él, las vírgenes, en incensarios puros,
queman unos perfumes compuestos de los rezos
de todos los que el mundo considera sus luces,
todos los santos que ha en la tierra y el cielo;
esa blanca humareda flota en tomo al altar,
y el Increado, oculto bajo velos de llamas,
se asoma, respirando el dulce olor a almas.
Las columnas del cielo se asombran ante él;
esos pilares, puestos bajo el domo inaudito,
bajo su soplo, idos, tiritan, semejantes
a su propio reflejo en las trémulas ondas.
¡Oh Dios! ¡Rey, padre, asilo! ¡Esperanza del réprobo!
¡Eterno labrador! ¡Recolector eterno!
Maestro en la primera hora, juez en la última.
Sólo él es aquel que hizo con luz el mundo.
El firmamento es claro por su serenidad.
A veces, en lo azul espléndido y temido,
¡oh misterio!, se hace silencios de una hora;
nadie que cante arriba, nadie que llore abajo;
el ángel, pensativo, suelto el clarín brillante;
y Dios medita; el cielo sueña; el infierno aguarda.

Y esta palabra sale de la sombra: Perdono.

*

El grifo se borró, como el rayo que truena,
en una bruma donde no se movía nada.


Victor Hugo.
Dios, 1891.
Traducción: Tomás Segovia.

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