El espíritu humano (1891); de Victor Hugo


El espíritu humano

Y veía, a lo lejos, arriba, un punto negro.

Como se ve una mosca en el techo moverse,
iba y venía el punto; la sombra era sublime.

Y siendo el hombre alado cuando piensa, el abismo
me atraía en la noche más y más cada vez
como un alga que arrastra un flujo tenebroso
y hacia ese punto negro, en la lívida hondura,
me sentía emprender desde mí mismo el vuelo
cuando fui detenido por alguien que me dijo:
—Alto.

Y, al mismo tiempo, vi extenderse una mano.
Estaba ya muy alto entre la nube oscura.

Y vi que aparecía una extraña figura;
un ser lleno de bocas, de alas y de ojos,
vivo, lúgubre casi y casi radiante.
Volaba, vasto; varias alas tenía calvas.
Al mover las pestañas de sus ojos terribles,
hacía más rumor que una banda de pájaros,
y sus plumas hacían ruido de grandes aguas.
Pesadilla carnal o visión de un apóstol,
parecía una bestia, parecía un espíritu.
En el aire en el cual le sorprendió mi vuelo,
parecía dar luz y crear las tinieblas.

En calma me miraba en las fúnebres brumas.

Y yo sentía en él alguna cosa humana.

¿Qué eres, pues, tú que vienes a cerrar mi camino,
ser oscuro, temblando al soplo de estas brumas?
—le dije.

Respondió: Soy una de las plumas
de la noche, ave oscura de sombras y de rayos,
pavo real abierto de las constelaciones.

Soy lo que corre, vuela, vaga, se hincha, se calma;
soy a la vez aquello que se desploma, pesa,
traba al ala que vuela, retiene a lo que escapa,
y baja, pues el fondo de mi ser es la noche.

—¿Tu nombre?
Replicó:
Para ti que ves, lejos
de las causas flotando, sólo un haz de las cosas,
soy el Humano Espíritu.

Yo me llamo Legión.
Yo soy el gran enjambre de los ruidos, contagio
de las palabras vivas que van de un alma a otra.
Soy soplo. Soy ceniza, soy humo y llamarada.
Ora instinto brutal, ora impulso divino.
Soy ese gran pasante, vasto, invencible y vano
que llaman viento, y tengo el lucero y la chispa
en mi palabra, y soy aliento universal;
no la boca: el aliento; un céfiro me agranda
y me abate; cuando he respirado, he dicho todo.
Gigante, enano, falso, veraz, sordo y sonoro,
populacho en las sombras y pueblo en las auroras;
digo yo, digo nosotros, afirmo, negamos.
Soy flujo de las voces y de las opiniones;
el fantasma del año, del mes, de la semana,
hecho del grupo en fuga de la neblina humana.
Hombre, la rueda oscura de la contradicción
se mueve siempre en mí, yo soy como Ixión.
Demos, soy yo. Yo soy lo que anda, espera, rueda,
llanto y risa, fe y duda; soy el demonio Masa.

Soy, igual que la tromba, huracán y pilar.

Al mismo tiempo vivo en el modesto hogar.
Sí, yo arranco al tizón la chispa repentina
que hiere a un vago germen que se oculta en el cráneo,
y que hace en el espíritu pensante una explosión
con las frentes dobladas que horadan la tiniebla.
Vivo a su lado, íntimo vigilante, y combino
el lúpulo de Flandes y la viña sabina,
la franca dicha ática y el reír de los galos,
el antiguo descuido con sus amables leyes,
paz, libertad, contento, sensatez es lo mío;
es con lo que emborracho a Sterne y Erasmo, incluso
a Diderot salvaje; y hago verter un poco
desde el jarro de Horacio hasta el de Rabelais.

Prosiguió:
—A quienquiera que empiece yo le grito:
—Basta. No más. —Yo soy el inmenso mediocre.
Cada vez que se habla y que se dice: Moda,
intermedio, mediano, mediador, meridiano,
con todos esos términos se me invoca y conmina,
y a veces se me ensalza, a veces se me injuria.
Soy la idea de Centro; el ser neutro que va
sin ver abajo a Iblis ni arriba a Jehová;
en el número soy Multitud; en el ser,
límite: me opongo a saber demasiado,
buscar, hallar, errar; a llegar hasta el fin;
soy Todos, misterioso enemigo de Todo.
Soy la ley que detiene, que amuralla, que ciñe
y a la naturaleza da siempre un horizonte;
azul e irrespirable, el éter en las cimas,
y en el abismo sordo e inaplacable, el peso.
Soy quien dice: Ésta es tu esfera. Aguarda. Para.
Todo ser, hombre o piedra, ángel o bestia, tiene
sus fronteras, y debe, preso en su forma de hoy,
someterse a las leyes que se anudan en él.
Tengo por nombre Límite, tengo por nombre Centro.
Soy guardián del umbral de cualquier mundo. Vuelve.
Todo lo tengo asido, circunscrito, domado.
Desconfío, por miedo de llegar al extremo,
de la locura un poco, de la sensatez mucho.
Yo tengo el entusiasmo y el apetito atados.
Para que lo real no lo aparte del bien,
unzo al género humano un perro y un león.
Como soy soplo y peso, nada puede evitarme,
pues todo flota, espíritu; todo gravita, cuerpo.

Y la explicación, ya te lo he dicho, oh viviente,
es que soy el espíritu material, soy el viento,
y a la vez la materia impalpable, la fuerza.
Hago que toda savia quede tras la corteza
y empaño con mi soplo todo espejo tramposo.

Contra la borrachera del siniestro infinito
guardo a los pensadores, pobres moscas endebles.
Cojo los pies de aquellos que al azul dan sus alas,
soy perfume, veneno, bien, mal, silencio, ruido,
arriba mediodía, abajo medianoche;
voy y vengo, yo soy la alternativa triste,
la hora que hace salir, golpeando la sombra,
de día doce apóstoles, de noche doce cesares.
Con lo bello doy forma a lo grande: hago el arte.

En los medios humanos, en las brumas carnales,
me muevo y veo; yo soy el tropel de pupilas.
Yo soy lo universal y yo soy lo parcial,
y nazco del vapor como el agua del cielo,
y broto de la roca igual que la saxífraga.
Salgo de verdes sendas, del hogar, del naufragio,
del camino empedrado, del mojón de los campos,
de un harapo de ahogado secándose en la arena,
del fuego que se apaga, de la flor que se mustia.
Me he llamado Pirrón, me he llamado Aristófanes,
Demócrito, Aristóteles, Esopo o bien Luciano
Diogenes, Timón, o Plauto, o Plinio el Viejo,
Cervantes, Bacon, Swift, Locke, Rousseau, Voltaire.
Yo soy el resultante enorme de la tierra:
La razón.

*

Yo allí estaba, mudo, absorto, turbado;
y mientras yo escuchaba, el ser seguía hablando:

—El misterio a nosotros se nos abre. Es lo nuestro.
Para el abismo soy un espectro; ante el hombre,
la voz que dice: id, pero sabed adonde.
Vago junto a la nada recorriendo el pretil.
Aviso.

Prosiguió:
—Escucha, tú que tiemblas
sin poder tan siquiera entrever los conjuntos:

Los hombres me ignoráis y yo os conozco a todos;
sigo siendo vosotros aun fuera de vosotros.

Entre las muchas bestias y los selectos ángeles,
existe, en cada tierra como en cada satélite,
un ser aparte, idea carnal, alma, materia,
hoja mixta del libro de la naturaleza,
última hoja del Monstruo y primera del Genio;
criatura en que el fango y el oro se armonizan,
la mitad en la bestia, la mitad en la idea,
llama acoplada con el cuerpo su enemigo,
doble rayo torcido de sombra y alba en fiesta,
misterio; con un pie, en la escala de vida,
sobre un final, y un pie encima de un comienzo.
Ese ser que compara, siente, contempla, ama,
es el hombre. Que acrezca, guarde o siegue la muerte
a ese esbozo sublime, casi obra maestra,
que tenga lo que él llama un alma, en este instante
no me refiero a eso, te digo solamente
que en todo el hombre existe, siendo centro de seres.
Vive junto a los soles, fuegos, astros, ancestros.
En tierras más o menos alejadas del fuego,
vive y doma su globo; es grande, es poca cosa;
por la forma diverso, uno en naturaleza;
de animal y de planta es la hidra que le ciñe;
está en la cumbre misma de su visible propio
y, larva en que se cruzan dos fulgores, apoyo
de un fenómeno entero, idéntico a sí mismo,
marca doquier el mismo estadio del problema;
entre el ala y el vientre es el ser que está en pie;
es por doquier el rey planetario; posee
por doquier y gobierna el astro intermediario
en medio de la sombra y el gran sol incendiario.
Todo globo que gira en tomo a un resplandor
es planeta de lejos, de cerca humanidad.

Ahora bien —pues en mí tu ojo se hunde y penetra—
de ese ser, el espíritu colectivo soy yo.
Doquier, en toda forma, y aun en la inmensidad,
tú eres tan sólo hombre; yo soy humanidad.

*

El ser horrendo, en vuelo en la sombra insondable,
añadió:
—Nadie debe salir de lo posible;
nadie ha de transgredir su realidad. No obstante,
quiero, puesto que llegas a esta sombra, imprudente,
hacer una excepción contigo a quien encuentro.
Cualquier meta que busques, yo no habré de oponerme;
consiento incluso, hombre, en colmar tus deseos.
Pues soy de lo infinito, yo puedo lo que quiero;
mi mano lo abre todo pues que todo lo cierra;
quien se abreva en la noche puede beber del alba,
y todo lo que quieras te lo concederé.
¿Qué es lo que pides? Habla.

Y en el pavor sagrado,
yo, junco al viento, brizna de paja vil, callaba.
—No dirás que llegaste aquí, dijo el fantasma,
para no preguntarme alguna cosa. Vamos,
habla. ¿Quieres fogatas, o quieres nimbos, rayos?
¿Qué quieres de este abismo en el que, si me asomo,
la nube hecha paloma acude, hosca y blanca?
¿Quieres saber el fondo del áspid, del gusano?
¿Quieres que yo te lleve conmigo por el éter?
Te obedeceré. Habla. ¿O tendré que mostrarte
cómo llega la aurora, y cómo va al encuentro
del olor de la flor y del canto del pájaro?
¿Quieres que sujetemos del morro a la tormenta,
y que rodemos juntos en plena tempestad
cuando el viento en jauría corre sobre la espuma
y cuando el trueno, arquero, y el rayo cazador
asaetan la piel escamosa del mar?
¿Quieres que a manos llenas los dos, en lo invisible,
viandante, cosechemos la terrible ilusión?
¿O que nos asomemos los dos a los secretos,
y miremos de cerca a la naturaleza
mientras ella produce en la inmensa penumbra?
¿Acaso estás curioso de ese parto sombrío?
¿Quieres mirar el germen y mirar cómo brota
el sueño o el peñasco, el dormir o los ríos,
sorprender en el acto a la creación, madre
de todo lo real y toda la quimera?
¿Quieres de un nacimiento escuchar el rumor,
ver brotar un edén, presenciar la primicia
de una esfera, de un globo en flor o de una luz?
¿O ver surgir la idea, deslumbrante y altiva,
en busca de su esposo el genio por los cielos?
Di, ¿quieres en la noche, o bien en el destino,
ver levantarse un astro o levantarse un alma?
Ya puedes escoger. Pide, interroga, exige,
habla. Estoy esperando. ¿Hay que agarrar, yo puedo,
por la greña una estrella en la fuga nocturna
y traértela, espléndida y toda temblorosa?
¿Qué quieres? ¿Quieres ver diez soles, o sesenta,
levantarse a la vez en sesenta universos?
¿O en el umbral abierto del cielo ver al alba
desenganchar los siete caballos de la Osa?
¿O quieres que en la sombra de donde brota el día,
hombre, para que tengas tiempo de examinarlos,
los mundos, que un eterno prodigio hace dar vueltas,
se paren un momento para tomar aliento?
Habla.

Abatió el espíritu sus alas de falena
y calló. Tembló el aire bajo mis pies audaces.
La áspera oscuridad que nos veía a ambos
y lucía a lo lejos con vagas aureolas,
pudo oír aquel triste intercambio de frases
entre el extraño espíritu y yo, hombre asombrado:

—No, no, nada de eso.
—¿Qué es lo que pides?
—ÉL.
—¿Eh? —exclamó el espíritu.

Y todo se esfumó
y una como luz pálida tras de la espesa nube
se hundió en el aire negro como un cielo cimerio.
Se oyó una carcajada y yo ya no vi nada.

*

No siendo más que un hombre de carne miserable,
en la oscuridad fiera, áspera, impenetrable,
en las brumas sin fondo, sin bordes, cual sudario,
yo pensaba en lo horrible que es encontrarse solo.
Luego volvió mi espíritu a su afán: conocer,
saber; —mientras la sombra turbia, horrible, traidora,
rodando entre sus ecos la negra risa irónica,
crecía en el espacio como en mi corazón.

Y grité, replegando mis alas ya cansadas:
—¡Decidme solamente SU nombre, espacios tristes,
para que lo repita para siempre en la noche!

Y no oí nada más que la brisa que huye.

*

Y me pareció entonces que, en sombrío espejismo,
igual que torbellinos que un gran viento empujara,
veía ante mis ojos en confusión pasar
y crecer y temblar, huir, desvanecerse
esas criptas del vértigo, esas urbes del sueño,
Roma que en sus frontones transforma en cruz su espada,
Tebas, Jerusalén, Meca, Medina, Hebrón;
figuras que llevaban en la mano un clarín,
y árboles horrorosos y cavernas y bálsamos
donde en el viento rezan tenebrosos Jerónimos,
y entre aquellas babeles, torres y templos griegos,
frentes de escollos hórridos con algas por cabellos;
y todo aquello, Nínive, Delfos, Éfeso, Abdera,
tumba de San Gregorio donde brilla una lámpara,
gradas de Benarés, pagodas de Geilán,
montes de donde el águila toma impulso de noche,
minaretes, wigwams, Partenón, templo de Aglaura
donde se ve el alba, flor vertiginosa, abrirse,
y gruta de Galvino, y cuarto de Lutero,
paso de azules ángeles por entre el éter líquido,
y trípodes donde arden almas, ojos de brasa
de la gran perra Escila sobre el mar calabrés,
Dodona, Horeb, perdidas rocas, bosques graves,
y convento de Ejmiatsin con cuatro torres blancas,
negro crómlech bretón, horrible cruack de Irlanda,
Paestum donde las rosas suspenden su guirnalda,
y templos de los hijos de Cam, de los de Set,
todo flotaba lento y se desvanecía
en una especie de áspera y vaga perspectiva;
y era todo, delante de mi pupila atenta,
sólo pura visión de ésa que no hace ruido,
y pura forma oscura dispersa por la noche.
Y, pálido, en voz baja, lancé este grito oscuro,
sin osar levantar la voz entre las sombras:

¡Seres! ¡lugares! ¡cosas! ¡noche fría que callas!
cedros de Salomón y fresnos de Teutates;
oh buzos de la nube, portadores de tablas;
adivinos, videntes, magos, hombres horribles,
oh tebaidas y selvas, y soledades; ombos
en donde los doctores que viven en las fosas
se llenan de infinito como de agua una esponja;
oscuros cruzamientos de visiones y abismos,
sueño, blanca ventana de las apariciones;
gérmenes, avatares, noche de encamaciones
donde vuela el arcángel y el monstruo se revuelca;
oh muerte, negro puente natural entre estrellas,
oh comunicación entre el hombre y el cielo;
coloso de Minerva Aptera, a cuyos pies
el viento con respeto derriba a quienes pasan;
olas volviendo siempre y siempre rechazadas;
calvo Apolonio, viejo soñador sideral;
oh escribas, con la punta del bastón augural
trazando el tenebroso rasgo del alfabeto;
epoptos griegos, yoguis, faquires, bonzos, druidas,
torres desde las cuales saltan circunceliones,
santuarios y trípodes, aras, fosos de fieras;
los que visteis sudar frentes de sabios pálidas,
cementerios, reposos, asilos, negros sitios
donde se va a limpiar, vencido, el pensador;
pintada y monstruosa gruta del rey Psamético;
Francisco de Asís, Bruno, Escoto, Santa Rípsima;
caminantes que atrae el fulgor de la cima;
siete sabios que habláis en la sombra a Girselo;
oh temibles reclusos del desierto y el sueño
que estáis cuchicheando con bocas invisibles;
frentes que inclina el cielo del que bajan las biblias;
espectros, extravíos de lámpara y antorcha;
tú que ves Canaán, oh montaña de Nebo;
monjes del monte Atos cantando oscuras prosas;
libélulas que en Asia rondan las pomarrosas;
Istmo de Suez que cierra cual cerrojo la India;
oh bóvedas de Elora, del monte Merú grupas
de donde escapa el Ganges de grandes aguas sacras;
oh sombra que pareces no comprender que creas;
oh los que gritáis: ¡duelo!, o gritáis: ¡esperanza!
Esfera siempre solo en lo hondo siempre negro,
que vas buscando a Dios por las mil brechas fúnebres,
blancas y tristes, que hacen en el alma las sombras;
sacerdotes seguidos de noche por la duda;
oh salmistas, David, Etán, grave Iditún,
Juan, interlocutor del ave Querubín;
y vosotros, poetas, Dante horrendo de abismo,
trágica frente vasta cubierta de laurel
que regresas, dejando que la oscuridad grite,
trayendo en tus pestañas el fulgor del Averno;
domadores que entráis sin temblar en las cuevas
a forzar el aullido hasta su madriguera;
y los pilotos nubios que remontáis el Nilo;
oh ciervo prodigioso de astas negras que bramas
en la selva de djines, de pándits y de brahmas;
hombres sepultos vivos, soñando en vuestros féretros;
pastores acodados; oh espesuras; escollos
donde al caer la noche alguien sueña siniestro;
Pitia sentada enfrente del cabo de Canistro;
rincón de la siringa donde los soñadores
distinguen vagamente sátrapas con sus mitras;
selenitas a quienes la luna embriaga y turba;
y pilas que sangráis tan sólo agua bendita,
oh llanto de los mártires; oh sabios indecisos;
Merlin, en carbúnculo indecible sentado;
Job que contempla, y tú, Jerónimo, que piensas;
decid, ¿es imposible ver un poco de luz?

*

Y esperé, taciturno; después exclamé: ¡Cómo!

¿Ha de caer el hombre, perdido, extenuado,
igual que el moscardón contra el vidrio blancuzco?
¡Cómo! ¿Todo irá a dar a una nada suprema?
¿Los que buscan temblando se esforzarán en vano?
¿El hombre habitaría la sombra, allí escondido?
¿Andar no es sino errar? ¿Se castigan las alas?
Profundo cielo, ¿el alba sería una ilusión?
Y yo entonces, alzando la voz, brazos en alto,
grité con extravío: —¡Eso no puede ser!
¡Gran invisible, gran ignoto, bueno o malo,
te lo digo en tu cara, oh ser: es imposible!

*

Y por segunda vez se oyó una carcajada.

Y más bien que una voz esa risa era un rictus,
largo tiempo movió la sombra visionaria,
luego, desvaneciéndose, rebotó como un trueno
contra aquel prodigioso silencio en que la nada
parecía vivir, quieta, insondable, abierta.

*

Mientras, se hizo la sombra visible poco a poco
y aquel ser que me había hablado anteriormente
reapareció, esta vez crecido hasta el espanto;
llenaba hasta lo alto la bóveda sombría
como si el infinito hinchara ese fantasma;
de modo que el espíritu terrible ya era sólo
unos rostros que en flujo y reflujo rodaban,
un hormigueo sordo de hidras, de hombres, de bestias,
cual si al fondo del cielo se agolparan cabezas.

Y a veces las cabezas parecían reñir.
Yo veía en la sombra mil ojos echar chispas.
El monstruo se agrandaba sin cesar, en silencio;
y yo ya no sabía qué era. ¿Acaso era
un gran monte, una hidra, una sima, una urbe,
una nube, un oscuro montón, la inmensidad?
Yo sentía clavados en mí todos sus ojos.
De pronto, estremeciéndose como un árbol que tiemble,
el fantasma gigante se expandió en unas voces
que en sus flancos confusos a la vez murmuraban;
y, como de un brasero se ven chispas caer,
como dispersas aves, palomas o cercetas,
que vemos apartarse de la bandada al paso,
como sale de un bosque un verde remolino,
como, en unas alturas que los vientos agitan,
van volando las nubes que huyen de la tormenta,
esas voces, mezclando gritos, llamadas, cantos,
desprendidas del ser inmenso, informe y negro,
vagamente mostrándome o máscaras o bocas,
sonaron sobre mí con sonidos feroces,
a veces todas juntas y a veces una a una,
como cuando unos montes, al levantarse el día,
uno tras otro al fondo del horizonte asoman.

Y unas formas, saliendo de aquel monstruo, me hablaron:


Victor Hugo.
Dios, 1891.
Traducción: Tomás Segovia.

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