El águila (1891); de Victor Hugo


El águila

El mosaísmo

Y sobre mi cabeza observé un punto negro,
y el punto parecía una mosca en la sombra.
Gomo cuando la luna bajo la niebla se hunde,
flotaba un fulgor vago; blanqueaba
la inmensidad.

Seguí mi carrera y subí,
hendiendo con un ala segura y pronta el aire,
hacia el punto visible en el espacio; mientras
subía yo, el objeto crecía y, parecido
a las formas que vemos crecer en nuestros sueños,
tomaba una figura extraña; y esa mosca
era un águila en vuelo revoloteando y fiera.

Lo vacuo fue más claro y menos malo el viento.
Cada pájaro negro hacia el que yo subía,
tal como antaño el mago ignoraba al apóstol,
volaba en su región solo y sin ver al otro.

Gritó el águila:

*

—¿Quién anda allí, horrenda sima?
¿Quién dice pues: No existe? ¿Quién dice pues: Son dos?
¿Quién dice pues: Son doce, son ciento, son dos mil?
Llenan el cielo azul como un pueblo una urbe,
y el cielo fuera claro y límpido y radiante
si no hubiera el oscuro enjambre de los dioses.

¡Oh viento, existe! ¡Abismo, sólo él es! ¡Sólo, os digo!
¡Preguntad a los soles, tinieblas! El prodigio,
negro abismo, sería que él no fuese. Yo soy
la alta águila sabia que planea en las noches;
ese animal al cual el genio se parece;
en mi ojo huraño llevo el fulgor infinito;
yo soy el gran vidente y soy el gran inquieto.
Yo estaba con Moisés el día que gritó:
¡Oh sol, padre nutricio del mundo, anacoreta,
solo al fondo del cielo como en una guarida,
padre del alba, rey del día, amo del fuego,
haz a un lado tus rayos, déjame ver a Dios!
Al pie del Sinaí oscuro dijo: ¿Quién me acompaña?
Dije: ¡Yo! Allí estaba cuando, montaña arriba,
se sumergió, soberbio y temblando a la vez,
en la nube repleta de rayos y de voces;
yo fui tras el profeta en esa sombra lívida…
Oh sollozos matemos con la cuna vacía,
oh grillos del esclavo, oh cetro de Nerón,
peste de soplo impuro, guerra de clarín vano,
gavilanes que acechan vuelos de codornices,
malezas del horror, zarza, acónito, ortiga,
destino, espectro de ojo triste y paso lento,
mal, odioso ciempiés que bulle sobre el hombre,
quimera Oscuridad que acarreas tus vértebras,
lechuza Noche, sapo Caos, topos Tinieblas,
nada, cielo negruzco, sudario de lo azul,
¡mentís, mentís, mentís, yo he visto a Dios!

*

En ese instante el ave suprema y solitaria
me vio; salvaje, dijo:

¿Quién es ese gusano?
¿Con qué derecho vuelas por la sombra en que reptas?
¿Eras tú quien decía hace poco: No existe?
Si eras tú…

—Yo callaba.—

Si eras tú, has de saber
que él se muestra ante todo en eso que lo esconde.
¿Qué eres? Contesta. ¿Sabes la meta, el fin, la ley?
¿Sabes tú por qué el tábano va a picar a la vaca,
come moscas el pájaro y pepino el gusano?
¿Conoces los pulmones del viento? ¿Y la sombra?
¿Estás en el secreto? Y cuando sonó el trueno,
¿sabes lo que se dijo? ¿Preguntaste a las olas,
cuando hacia el arrecife que su inclemencia azota
avanzan, comentando en su rumor inmenso
los actos misteriosos de la onda y la noche?
¿Has traducido el texto abstruso que es el orbe?
¿Qué es lo que nos pedían las auroras en fuga?
¿Por qué ese lagrimeo inmenso de las lluvias?
¿Cómo es que en la pepita del fruto cabe el árbol?
¿Acaso has preguntado al Gibel y a su ruido,
al Atlas y al simún, al Alpe y su avalancha?
¿Conoces la Jungfrau, la inmensa virgen blanca?
¿Te ha dicho ella el fondo de la virginidad?
¿Has llenado en el pozo eternidad tu cántaro
y tu estupidez bebe el agua del abismo?
Contesta. Tu ignorancia, hombre, ¿es acaso el diezmo
que vienes a cobrar, a la zaga del cuervo,
sobre la ciencia extraña y triste de la tumba,
bruma en que se perdieron tantos célebres magos?
¿Te asomaste a beber sorbiendo las tinieblas?
¿Y te has incorporado apuntando al vacío,
vomitando tu trago, gritando: ¡Dios no existe!?
¿Así es, animal? Si es así, yo me aflijo
de verte, sólo Dios reina y vive, te digo,
y sólo él sobrevive. ¿Puedes tú hacer el fuego,
la noche, la alborada? ¿Haces tú aullar arriba
la tormenta maniática, y tú la haces callar?
¿Eres tú el personaje inmenso del misterio?
Pruébamelo. Veamos, hombre. Cuando el torrente,
ese obrero terrible, inquieto, devorante,
que asierra rocas, hala la tierra hasta el sembrado,
en la sombra se pone a descamar montañas,
impídeselo. Dile al océano: ¡Abajo!
¿Fuiste tú quien cazó y dobló a los leones
tanto, que no se sabe en sus fúnebres fugas
si son aún leones o si ahora son cebras?
¿Eres de los que va por lo ignoto sin ver,
tropezando en la noche contra el gran muro negro,
y, batiendo el obstáculo con sus sombrías alas,
se deslizan sin fin por las eternas tapias?
¿Sales de alguna horrenda gruta de ásperos muros,
donde tu ojo estuvo fijo cuatro mil años,
cual Satán en la sombra donde Dios lo arrojó?
¿Tienes de la pagana Casandra aquel espíritu
cuando ella de antemano vio a Ayax bandido,
contando los palacios en llamas, distinguiendo
en la profunda noche el acero de Egisto?
Di: ¿Rebosas abismo? ¿Eres el Trismegisto?
¿Caminas a la par de los cielos, diciendo
a las doce horas: Vengan a hablarme, ya que están
sobre la tierra ahora, llevando cada una
la alegría del sol o el horror de la luna?
¿Has vivido mezclado con las bestias del bosque,
y el tigre te indicaba la fuente en que beber?
Y cuando divagabas con la mejilla en tierra,
¿un ángel que admiraban el lince y la pantera
te envolvió, apartando la cortina de sombras,
con un horrendo manto de estrellas las espaldas?
Para hablar de ese modo, ¿es que eres tú el que liga
y desliga? ¿De Elías tienes el doble espíritu?
¿Qué eres? Di tu nombre. Los profetas antaño,
cuando sobre los montes envarados de bruma
la ancha luna de oro surgía como un domo,
hacían contra el cielo ademanes fantasmas,
hablaban con los vientos, y, grandes, solitarios,
sacudían las noches igual que los sudarios;
pues el desierto entonces, con graves actitudes,
sabía hablar al hombre, y el hombre a lo desierto;
el mar su abismo abría y el águila su pico
oyendo a los augures, en Endor, en Baalbek,
preguntarle a las sombras, y a las tinieblas dar
la oscura explicación a los negros augures.
¿Eres tú de ésos? ¡No! aunque fueras el último,
no serías tan loco como para negar.

¿Serías casualmente, hablador solitario,
uno de los frustrados de la inmensidad negra?
¿Opinas que los cielos sagrados van torcidos?
¿Estabas tú allí cuando Dios hizo el universo?
Y si fue así, sin duda tu pena fue cruel
viendo que el albañil no tenía paleta,
construía la sombra, el aire azul, el cielo,
y tanto el ser parcial como el ser colectivo,
la extensión donde huye pálido el meteoro,
y edificaba el tiempo, construía la aurora,
edificaba el día que florece en el alba,
los vastos firmamentos azules aun de noche
y las profundas cúpulas que cruza la tormenta,
sin subir al andamio cargado con la artesa.
¿Eres un ser a quien la claridad dice: ¡Vete!,
emanado del flanco de Satán triste y negro?
¡No! Eres sólo un viandante triste y frágil. Invito
a tu ánimo a pensar que sólo Dios es vida;
que todo el resto es muerte; y por ti se lo digo
al hombre, bebedor de la copa de espanto,
pálido escogedor de temibles caminos,
ese ciego al acecho y ese sordo a la escucha.
¿Retarás a ese Dios que combatió la sombra?
Vamos, contesta: ¿Has visto a Leviatán? ¿Lo espiaste
en el antro en que el agua baña la piedra calva,
o en algún bosque lleno de fulgores feroces?
¿Puedes decir: He visto a Leviatán; oíd
cómo es, cómo repta, de qué manera nada?
¿Has leído qué dice Job de él? Claro que no.
Escucha pues:

«Su cuerpo, lleno de escamas verdes,
es como un montón móvil de broqueles de bronce.
Su sueño hace el estruendo de un río subterráneo.
Si tiene sed, su hocico, abierto, vasto, horrible,
bebe todo un torrente con un terrible aullido».

Eso es lo que Job dice; es tremendo; pues bien,
yo que lo he visto, digo: cuanto Job dijo es nada.

*

¡Leviatán! Pelos, crestas, y mandíbulas y alas
que son brazos, y pies que a la vez son aletas,
garras que se parecen a hierbas, y mil nudos,
mil antenas que forman un ramaje espinoso,
un verde ombligo, igual que un mar que se hace hondo;
es la sombra hecha monstruo, ¡y que vive, oh espanto!,
es un no sé qué negro, no sé qué prodigioso
que muerde con sus dientes y que ve con sus ojos.
La manera en que pone un pie delante de otro
es horrible; las ondas rugen si se hunde en ellas;
como un cazo en el fuego, hierve sobre él la mar;
al arrastrarse, esparce por doquier sus escamas
como un cisne sus plumas a la hora de su muda;
si un rayo le alcanzase no se estremecería.
Es el horror, la hidra ante quien todo tiembla;
si Leviatán escupe, vomita Satanás.
Que exista en nuestro mundo un ser tan espantoso
y mire al cielo igual que lo miran los hombres,
es cosa que perturba la razón y el espíritu.
Cuando pasa, de noche, detrás del horizonte,
el fulgor de sus ojos es como el alba: albea
la arena; y el viajero cree que ve la aurora
y en su tranquilidad no puede sospechar
que es Leviatán quien hace aquella claridad.
Plácido andarín, piensa en dulces albas rubias,
en flores, en rocío… ¡Qué profundo terror,
qué temblor si, en la sombra, pudiera ver de pronto
esa forma inaudita y sombría moviéndose!

A veces Leviatán vuelve a hundirse en las simas,
y las larvas se asustan en el lago sulfúreo,
tiembla el infierno y tiembla su guardián demudado
cuando surgiendo al pronto encima de sus frentes,
su testa, como un monte que remueve su cima,
se alza horrible asomando al borde del abismo.

Tú que entraste en mi sombra, ¿piensas ir a buscarlo
en su gran hierba verde o bien bajo su roca?
¿Irás a atarlo tú con cuerdas bajo el vientre?
¿Lo arrastrarás, hediondo, hasta afuera de su antro,
para hacer, en tu corte, a pleno sol, delante
de ese objeto nocturno, increíble y que vive
de miles de visiones y de miles de espantos,
que se agolpen los niños y rían los lacayos?

¡Pues bien, oh junco vil, piensa que con su mano
Dios coge a Leviatán como se coge un pájaro!

*

El águila siguió:

Moisés estaba solo;
brillaba al fondo un rostro desconocido. Todo
lo estaba viendo yo. Aquel rostro era Dios.
¡Yo lo vi! ¡Yo lo anuncio a los de corta vida!
¡Yo he visto al Dios tremendo de la eternidad lúgubre!
¡Postrer día del tiempo, postrer cifra del número!
Esto es lo que el espíritu aprende en las alturas:
antes que la criatura había el creador;
el tiempo sin fin era antes que ése que pasa;
antes que el tiempo inmenso era el inmenso espacio;
antes que lo que vive lo posible existía;
lo infinito sin forma vive al fondo de todo;
por sobre el cielo azul que se mueve y que gira
por donde van y vienen los carros de los soles,
se encuentra el cielo inmóvil, que es eterno y profundo.
Dios vive allá. En su torno se retuerce y destuerce
la duración, igual que una culebra. Su obra,
es el mundo; él la hace; una vez hecha, duerme.
Entonces por doquier cunde una mortal noche
en donde abandonadas flotan las creaciones.
Después de haber dormido unos millones de años,
el ser inmensurable al que nada se iguala,
cuyo ojo entreabierto reluce como el sol,
se despierta en el fondo de un éxtasis profundo
y con su primer soplo crea un nuevo universo,
espléndida creación de un mundo luminoso
donde destella el átomo y unos fuegos se cruzan,
claro, vivo, cruzado por incontables astros,
que remolina en torno de su boca en la sombra.
Y se vuelve a dormir, y ese mundo se va.
Un mundo disipado, ¿qué le importa a Jehová?
Él es. Sólo él existe, y el hombre es un fantasma.
De igual modo que al sol no le importa la paja
cuando acabó la siega, caídas las espigas,
al ser no le preocupan los mundos disipados.
Él es. Con eso basta. Su plenitud ignora.
La forma huye, el son muere en la onda sonora,
quien se extingue, se extingue; quien cambia está cambiado.
Él dice: Soy. Es todo. Abajo dicen: ¡Tengo!
Cree tener la sombra que un vano sueño anima
y ase un bien de cenizas con sus dedos de humo.
Dios nada tiene y es todo. ¡Desdichado de aquel
que duda! Ya os he dicho que me alumbró su faz
y que he visto su ojo sombrío tras los truenos.
Los patriarcas blancos y de ochocientos años
con él antaño hablaban. ¡Es él! Es el que vive.
Es frente a la gran noche el gran sol que renace.

Dios solo existe.

Todo le teme y lo designa.

*

Sopla la losa fúnebre sobre el hombre, y el hombre
se desvanece; son sin mañana sus días;
avanza algunos pasos por un camino oscuro,
después su pie se esfuma y su ruta se borra;
se muere y todo muere. Emprenda lo que emprenda,
posee el rayo, el viento, el instante, el lugar;
él es el sueño y vive el tiempo de un adiós.
¡Fantasmas! Vais flotando por las horas oscuras
de un mundo en que se ven pasar ciertas figuras.
Hombres, ¿qué sois entonces? Unos rostros absortos.
El mal cae de vosotros como el frío de un tejo.
Vuestros designios son pozos de insidia; sois
antros en donde el vicio y el crimen hacen fiesta;
vuestras casas y umbrales y techos y paredes
cargan más fechorías que carga uvas la cepa;
incrustáis oro fino en vuestras camas de arce;
retorcéis los harapos del pobre miserable
y teñís vuestra púrpura con la sangre vertida;
hacéis un sonajero de la temible suerte
y jugáis a los dados riendo y perdiendo sumas
mientras juega a los hombres en la sombra el destino;
vuestras urbes son bosques; se roba, engaña, vende;
el ignorante es pan que come el sabedor
y el hombre buitre le echa su garra al hombre topo;
el arriero Interés zurra al asno Miseria;
sufrís a cada hora y por todos los lados.
¿Para qué, si iréis todos a la nada a empujones?
Pensáis. Pero ¿creéis? Vuestros cráneos son bóvedas
sin lámpara, en que el llanto escurre a grandes gotas.
Rezáis. ¿A quién? ¿Y cómo? ¿Por qué? No lo sabéis.
Amáis. ¡Oh noche oscura! ¡Cielo soñado en vano!
Vuestros sentidos son cieno al que amor se aviene,
y en vuestro beso el puerco se mezcla con el ángel.
Satanás ha logrado que la bajeza vuestra
sea en la tierra mancha y hez en el firmamento.

¡Así pues, lo hizo todo, ese Dios! Cielos, montes,
bestias, todo; aun el ruido y la sombra que hacéis;
así que el sembrador eterno abrió la mano
y sembró en el espacio hacia todos los vientos
las estrellas cual polvo ardiente, ígnea ceniza.
Todo aquello que veis de noche, ese puñado
de granos de oro, al surco de claridad lanzado,
cae hacia lo infinito toda la eternidad.

Cuando Dios mira, a veces, se avergüenza del hombre,
y los tigres del bosque, los césares de Roma,
los reyes con su Mane, Tecel, Fare en la frente,
reverberan en medio de los vivos turbados
el vago relumbrar de su cólera inmensa.

Hombres, debéis saber, espectros demenciales,
que él es, si se le antoja, el Dios feroz; que pone
la marca de su rayo en toda altiva cima;
si despierta, es terrible; lanza golpes, se venga.
Sopla sobre las ascuas, escupe sobre el barro;
entrega Tiro y Susa al onagro rayado;
persigue, traspasando los temerosos siglos,
como se copa a un lobo de guarida en guarida,
veinte generaciones por el crimen de un padre.
Los que pasáis de noche y vais por negras sendas,
hombres, larvas sin nombre que se mueren del todo,
Dios muestra de repente su rostro a quien le ultraja;
y cuando le insultáis en vuestra loca ira,
lo mismo que en la selva se yergue el gran león,
Adonai se eclipsa y surge Sabaot.
Santo, santo, el señor mi Dios. ¡Silencio, abismos!

*

Y el águila se hundió en las brumas sublimes

igual que una pavesa que cae de un incensario.


Victor Hugo.
Dios, 1891.
Traducción: Tomás Segovia.

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